¡Hola chicos!
Espero se encuentren bien y descansados después de esta semana de receso.
Habíamos quedado en que debían aprovechar estos días para enviar las tareas que adeudaban. Recuerden que sin trabajo, no hay progreso. Está en cada uno desear hacerlo.
Para conocer un poco más de nuestra historia, les presento algunos hechos sobre la vida de personajes valiosos que forjaron nuestra patria.
Les propongo leer, releer y completar un crucigrama. La idea es que puedan formarse una idea del pensamiento y obra de estos hombres. Luego, podrán decir oralmente lo que leyeron.
Fecha de entrega: Viernes 04/06
Enviar por correo a cienciasmadreadmirable@gmail.com
Les dejo un beso, Laura
Mariano Moreno y la libertad de escribir
La dirigencia revolucionaria de 1810 sabía que se libraría una dura guerra de fusiles, cañones y bayonetas, pero sabía que, en verdad, lo que se estaba llevando adelante era, además de un cambio gubernativo, una “feliz revolución en las ideas”, como la definía Moreno, y que estaba dejando toda su impronta en el terreno de la acción política. Fue justamente Mariano Moreno, uno de los que impulsaron la Revolución de Mayo, el que representó quizás de forma más característica este nuevo clima.
Nacido en Buenos Aires, el 23 de septiembre de 1778, tenía 21 años apenas cuando llegó a Chuquisaca, antes Charcas y La Plata y luego Sucre, capital constitucional de Bolivia. Allí conoció al eclesiástico Terrazas, quien pronto le dio cobijo intelectual y prestó su biblioteca que era un amplio universo de ideas. Allí recogió las ideas de la igualdad de derechos para los criollos e indios y aprendió a repudiar (rechazar) las crueldades de la esclavitud.
Entrada la década de 1800, ya recibido de abogado, casado con María Guadalupe Cuenca y con un hijo, regresó a Buenos Aires. Hacia 1810, con 31 años, Moreno era ya un hombre de la revolución. Había logrado ser reconocido a partir de la redacción de un extenso alegato en defensa del fomento a la agricultura y las manufacturas, que lo oponían a la burocracia española. Quizás algo de imprevisto lo tomó el hecho de ser nombrado como secretario de la Primera Junta de Gobierno, en mayo de 1810. El 25 de mayo asumió la Secretaría de Guerra y Gobierno de la Primera Junta.
Unas de sus más destacadas acciones estuvieron relacionadas con el fomento a la difusión de las ideas de la Ilustración (Los pensadores de la Ilustración sostenían que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor.) Participó activamente de la creación de la biblioteca pública, del desarrollo educativo y fundó, el 7 de junio, el órgano oficial del gobierno revolucionario: la Gazeta de Buenos Aires (el diario). Entre sus escritos, figuraba la traducción de El Contrato Social (El contrato social, es un libro escrito por Jean-Jacques Rousseau y publicado en 1762. Es una obra sobre filosofía política y trata principalmente sobre la libertad e igualdad de los hombres bajo un Estado instituido por medio de un contrato social. Rousseau parte de la tesis que supone que todos los hombres nacen libres e iguales por naturaleza. Se dice que este libro fue uno de los muchos incitadores de la Revolución francesa por sus ideas políticas), pero también un plan de operaciones destinado a unificar los propósitos y estrategias de la revolución.
Moreno encarnaba el ideario de los sectores que propiciaban algo más que un cambio administrativo y, por ello mismo, se ganó la enemistad de muchos. El deán Funes (eclesiástico y político), el mismísimo Cornelio Saavedra, entre otros, entrevieron el peligro que encarnaba Moreno para sus proyectos conservadores. Pronto forzaron su renuncia a sus cargos en Buenos Aires y lo enviaron como representante del gobierno a Londres, rumbo al que partió el 24 de enero de 1811. Poco tiempo después, el 4 de marzo, encontraba en altamar su misteriosa muerte. Dos años después, el médico Juan Madera aseguraba haber oído al padre Azcurra dar gracias a Dios por la separación de Moreno y advirtiendo: “Ya está embarcado y va a morir”.
Recordando la fecha del fallecimiento de uno de los máximos revolucionarios de 1810, traemos algunas de sus ideas respecto a la libertad de prensa, publicadas en la Gazeta de Buenos Aires, el 21 de junio de 1810.
«Seamos, una vez, menos partidarios de nuestras envejecidas opiniones; tengamos menos amor propio; dése acceso a la verdad y a la introducción de las luces y de la ilustración; no se reprima la inocente libertad de pensar en asuntos del interés universal; no creamos que con ella se atacará jamás impunemente el mérito y la virtud, porque hablando por el mismo en su favor y teniendo siempre por árbitro imparcial al pueblo, se reducirán al polvo los escritos de los que indignamente osasen atacarles. La verdad, como la virtud, tienen en sí mismas su más incontestable apología; a fuerza de discutirlas y ventilarlas aparecen en todo su esplendor y brillo; si se oponen restricciones al discurso, vegetará el espíritu como la materia; el error, la mentira, la preocupación, el fanatismo y el embrutecimiento harán la divisa de los pueblos, y causarán para siempre su abatimiento, su ruina y su miseria.»
Mariano Moreno
Pueyrredón y la colaboración con San Martín en la campaña de los Andes
La guerra independentista ya había representado numerosos costos y no se preveía que pronto fuera a acabar, aun cuando el camino para formalizar la separación de España estuviera prácticamente allanado. El Congreso de Tucumán, reunido desde marzo de 1816, evidenciaba fuertes diferencias entre los grupos patriotas.
El 3 de mayo de aquel año, Juan Martín de Pueyrredón fue designado director supremo de las Provincias Unidas, cargo que ocuparía durante tres años. Una de sus primeras acciones fue la reunión que mantuvo con el general José de San Martín en Córdoba, oportunidad en que le aseguró al jefe militar toda la ayuda necesaria para emprender la campaña libertadora al Alto Perú.
Mientras tanto, debería lidiar con incontables problemas cotidianos y estructurales: la administración del Estado, la deuda pública, los gastos corrientes, el régimen de Aduana, la emisión de dinero, entre tantos otros. Todo ello, mientras se aseguraba la independencia en el Río de la Plata y se abrían los encarnizados debates acerca del futuro de de las provincias: centralismo o federalismo, era uno de los dilemas centrales que se planteaban.
Juan Martín de Pueyrredón, masón (se comprometen a trabajar por el progreso moral y material de ellos mismos y de la Humanidad), liberal y unitario, hijo de un adinerado vasco francés y próspero comerciante, fue un hombre clave de la revolución. En esta oportunidad, recordamos la fecha en que fue nombrado para conducir los destinos de la república independiente, con un fragmento de una carta enviada a San Martín, en ocasión de la ayuda enviada a Cuyo, para combatir a los realistas más allá de los Andes.
«A más de las cuatrocientas frazadas remitidas de Córdoba van ahora quinientos ponchos, únicos que he podido encontrar… Está dada la orden para que le remitan a usted las 100 arrobas de charqui que me pide, para mediados de diciembre se hará. […] Van los despachos de los oficiales. Van los vestuarios pedidos y muchas camisas. Si por casualidad faltasen de Córdoba las frazadas, recurra usted al vecindario: no hay casa que no pueda desprenderse, sin perjuicio, de una manta vieja: es menester pordiosear cuando no hay otro remedio. Van 400 recados. Van hoy por correo, en un cajón, los dos únicos clarines que se han encontrado. Van los 2000 sables de repuesto que me pide. Van 200 tiendas de campaña o pabellones. Y no hay más. Va el mundo. Va el demonio. Va la carne. Y no sé yo cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo o bien que entrando en quiebra, me voy yo también para que usted me dé algo del charqui que le mando. ¡Y qué caray! No me vuelva a pedir más, si no quiere recibir la noticia de que he amanecido colgado en un tirante de la fortaleza de Buenos Aires…”.
Juan Martín de Pueyrredón
Castelli ante las comunidades indígenas
Nacido en Buenos Aires el 19 de julio de 1764, primero entre ocho hijos de un médico veneciano, de chico estudió de chico con los jesuitas y luego fue enviado al tradicional Colegio Montserrat de Córdoba, donde conoció a muchos de los futuros revolucionarios.
Estudió filosofía y estaba pronto a ordenarse en el sacerdocio, pero la muerte de su padre le permitió cambiar de rumbo y partió hacia Charcas para estudiar leyes. De regreso a Buenos Aires, comenzó una activa participación en la política colonial que le ganó la enemistad de los comerciantes y regidores españoles, primero en el Consulado, y luego en el Cabildo.
Luego de la corta vida de sus pioneros proyectos periodísticos, como el Telégrafo Mercantil, consciente como pocos de una nueva identidad que nacía en el pueblo rioplatense, participó del rechazo a la invasión inglesa y, tras la invasión napoleónica a España, compartió con Belgrano el proyecto de lograr la emancipación con una monarquía constitucional encabezada por la Infanta Carlota.
Finalmente, Castelli, primo y amigo de Manuel Belgrano, fue uno de los máximos conspiradores cuando llegó Mayo de 1810. En aquellos días, fue comisionado para intimar al virrey Cisneros a que cesara en su cargo y, el decisivo 22 de mayo, fue el encargado de defender la posición patriota en las sesiones del Cabildo. Por esto y mucho más, fue llamado «el orador de la revolución».
Nombrado vocal de la Primera Junta, fue el encargado de reprimir la contrarrevolución de Santiago de Liniers en Córdoba y no le tembló el pulso a la hora de ordenar su ejecución. Luego se le encomendó la misión de ocupar el Alto Perú, junto al Ejército del Norte, donde impuso un gobierno revolucionario, liberando a los pobladores nativos de los servicios personales y de la esclavitud, y fusilando a varios funcionarios reales.
Hacia mediados de 1811, fue sorprendido con una implacable derrota con las fuerzas realistas en Huaqui. A su regreso a Buenos Aires, el Triunvirato lo procesó y encarceló, aunque el juicio nunca llegó a su fin.
Un año más tarde, moriría de un fulminante cáncer de lengua, el 12 de octubre de 1812. Lejos de todo optimismo, cerraba sus días con aciagas palabras: «si ves al futuro dile que no venga».
Reproducimos a continuación las palabras que pronunciara Castelli en el primer aniversario de la Revolución de Mayo, cuando convocó a todas las comunidades indígenas de la provincia de La Paz a reunirse ante las ruinas del Tiahuanaco, a metros del Titicaca.
«Los esfuerzos del gobierno se han dirigido a buscar la felicidad de todas las clases, entre las que se encuentra la de los naturales de este distrito, por tantos años mirados con abandono, oprimidos y defraudados en sus derechos y hasta excluidos de la condición de hombres. Yo por lo menos no reconozco en el virrey ni en sus secuaces representación alguna para negociar la suerte de unos pueblos cuyo destino no depende sino de su libre consentimiento, y por esto me creo obligado a conjurar a estas provincias para que en uso de sus naturales derechos expongan su voluntad y decidan libremente el partido que toman en este asunto que tanto interesa a todo americano.»
Juan José Castelli
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